Wednesday, March 29, 2006

Totonicapán: En el lugar del agua caliente



A unos 2 495 metros sobre el nivel del mar, Totonicapán descubre paisajes de un verde intenso desde que se avista por la carretera Interamericana, donde sus pintorescos pueblos asemejan una gran maqueta natural.
Una vez allí, el visitante entrará en contacto con la fascinante naturaleza del altiplano guatemalteco y sus habitantes, empeñados en conservar las tradiciones y costumbres heredadas de sus antepasados mayas.
Doscientos siete kilómetros separan a Ciudad Guatemala de este suroccidental departamento, cuyo nombre en lengua nahuatl (Chimequena y después Totonilco) significa “sobre el agua caliente” a pesar del frío intenso que pone a tiritar el cuerpo, sobre todo en la noche.
Y es que su orígen alude a los numerosos baños sulforosos y termales existentes desde el período prehispánico en este territorio, que guarda en sus poblados y aldeas construcciones religiosas y ritos de una cultura ancestral.
Envuelto aún en la neblina, Toto (su diminutivo) ofrece
hermosas postales de sus cerros, y se despereza a la par que los pobladores montan en cuestión de pocas horas la plaza del mercado, muy concurrida los martes y sábados.

Un ir y venir constante de vendedores que arman sus tarimas alrededor del parque central y calles aledañas, va dando vida y color a una de las ciudades más importantes del reino quiché antes de la invasión y colonización española.
Telas típicas, frutas, vegetales, artesanías en madera, dulces caseros, flores, tortillas: una mezcla de tradiciones compiten en el abarrotado mercado totonicapense, donde se insertan también elementos de la cultura occidental.
“¿Qué va a llevar seño?, ¡A 10 quetzales cinco elotes!,¡Mire sin pena!”, vocean para atraer al cliente, que si sale complacido después del acostumbrado regateo y varios “por fa” (diminutivo de por favor), recibirá un amable: “¡que le vaya bien!”. Con sus calles estrechas y rectas, Totonicapán tuvo una de las alcaldías mayores durante la colonia y su renombre le viene no sólo por haber sido importante ruta de comercio, sino también por los levantamientos indígenas que ocurrieron aquí en contra de la dominación española.

En el centro del parque está un monumento a Atanasio Tzul, quien junto a Lucas Aguilar encabezó una sublevación que le valió posteriormente el título de ciudad prócer, suceso que se conoce como el primer Grito de Independencia de Guatemala.
Otro de los encantos de este territorio de población mayoritariamente indígena quiché son sus extensos bosques de pinabete blanco y rojo, en buena parte propiedad de las comunidades, y principal fuente para obtener madera, leña y agua, esta última un recurso escaso y muy preciado para sus habitantes.

Un paseo por las calles de Toto permite apreciar a cada paso pequeños comercios con artesanías típicas, tejidos, alfarería, cerámicas vidriadas y pintadas, así como muebles de madera.
En estas producciones intervienen familias enteras durante todo el proceso, conservando así los secretos de un arte transmitido de generación en generación.
Una gran variedad de inciensos, vajillas, candeleros, juguetes de madera, sartenes, platos decorativos y lápidas, encuentra el visitante si se decide a escudriñar cada rincón de esta ciudad.

En los ocho municipios y un distrito que conforman el departamento se preservan vistosos templos religiosos de la época colonial, entre ellos las iglesias de San Andrés Xecul y San Francisco el Alto, junto a las cuevas de San Miguel y Chumundo-cárcel, .
Toto también es conocido por los famosos riscos y ponchos de Momostenango, estos últimos muy apreciados cuando las temperaturas mínimas marcan cinco grados o incluso bajan más, como sucedió este año.
Su población habla el idioma quiché y cosecha trigo, papa, frijol, maíz y haba, además de dedicarse a la crianza de ganado ovino, del cual obtienen la carne y la lana que utilizan para confeccionar llamativos tejidos.
Aunque algunos comercios venden la ropa de moda más actual, las totonicapenses prefieren llevar sus cortes (sayas) y huipiles (blusas) típicos, y cargan enormes canastos en sus cabezas desafiando las leyes de la gravitación universal.
Muchas veces se muestran esquivas cuando intentamos retratarlas; otras nos regalan una sonrisa y aceptan gustosas el pedido de una foto como constancia de una cultura que la modernidad aún no ha podido borrar.
Así es Toto, un lugar donde tradiciones ancestrales se conjugan para darle encanto a un paseo por las montañas del país de la eterna primavera.

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