Un paseo por Xelajú

Asentada sobre desfiladeros insondables y gargantas por donde se escurre el agua de los manantiales, Quetzaltenango exhibe todo el encanto de ciudad señorial, altiva, y orgullosa de su herencia.
“Garganta de Agua” (Culajá), le llamaron los indios mames durante su reinado. Más tarde, al dominar el territorio los indígenas quichés, fue “Bajo los Diez Cerros” (Xelajú).
Su nombre actual significa en la Muralla del Quetzal, y se lo pusieron los nahoas que acompañaron a los conquistadores españoles.
“Garganta de Agua” (Culajá), le llamaron los indios mames durante su reinado. Más tarde, al dominar el territorio los indígenas quichés, fue “Bajo los Diez Cerros” (Xelajú).
Su nombre actual significa en la Muralla del Quetzal, y se lo pusieron los nahoas que acompañaron a los conquistadores españoles.
En estas tierras se libraron cruentas batallas, entre ellas la de los Llanos de Urbina, donde el legendario héroe indígena Tecún Umán ofreció una férrea resistencia al ejército de Pedro de Alvarado. Apagada la rebeldía quiché, el 15 de mayo de 1524 se funda en el Valle de Quetzaltenango el asentamiento colonial que hoy comprende el centro histórico, considerado el más antiguo de Guatemala.
Durante los últimos 500 años y en este mismo espacio, han convivido varias culturas: las de origen maya y la criolla-ladina, dejando cada una su huella cultural e histórica en esta ciudad, la segunda en importancia del país por su gran actividad comercial e industrial.
Xelajú o Quetzaltenango, como se prefiera, llegó a ser en el siglo XIX el área cafetalera más importante de Guatemala. La mayoría de las edificaciones de su centro histórico datan de ese momento de esplendor y llevan el sello arquitectónico de la época, con influencia del neoclásico.
Rodeada de varios volcanes en el corazón de la Sierra Madre, fue destruida dos veces por movimientos telúricos y vuelta a reconstruir. Varias edificaciones muestran esa huella, como la Catedral del Espíritu Santo, de la cual sólo queda su bella fachada.
Con el telón de fondo de sus cerros y volcanes, Quetzaltenango luce majestuosa desde donde quiera que se le mire, sobre todo si el anochecer sorprende al visitante en un paseo por sus calles. Eterna en el tiempo, vive Xelajú.






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